Una vez
he asumido que este blog va a quedar más que escaso y que de Bruselas estoy
hablando poco… le pido a ustedes que me perdonen y permitan una actualización
que resultará excepcional por la frecuencia y el contenido.
La idea
de este blog iba a ser buena. Tenía material para serlo: una experiencia única como es la mitificada Erasmus. Pero lo cierto es que
no quería convertir este rincón en internet en un “Facebook (bis)” y fundirles
la paciencia a base de fotos, así que ideé esto con la intención de que se
convirtiera en una especie de diario de vivencias en esta ciudad. A día de hoy,
y menos es nada, creo que sólo he cumplido lo primero: porque pocas fotos hay de
mi, pero tampoco hay tantas vivencias. De todos modos aún estamos a tiempo,
aunque ya he sobrepasado el ecuador de todo esto, cosas de irse sólo un
cuatrimestre.
Si algo
he aprendido a estas alturas es que a menos que caigas en una isla con osos
polares de la jungla ningún lugar puede ser protagonista de
nuestras vidas, y se lo dice alguien que conoció en un lugar tan peliculero
como París hace más de dos años a la persona que sería su pareja en la
actualidad. Todo depende de nosotros y de las personas que nos rodean en cada
momento. Creo firmemente que es lo más importante. Y por eso voy a confesar aquí que la Erasmus es,
además de innegablemente una experiencia enriquecedora e inolvidable, también
algo que está llamado a hacerte madurar y apreciar lo que se deja atrás. He
pasado veintiún años camino de treinta conociendo a gente de todo tipo, y
seleccionando a gente que han conformado mi familia en cierto modo. Una que
lejos de la biológica no está genéticamente predispuesta a estar ahí siempre, y
que exige una atención y unos cuidados que uno gustosamente presta porque le
son devueltos con creces.
Ya verán por dónde voy: se les echa de menos. Es por
esto que hoy quería dedicarle a esa gente, a esa familia en constante
evolución, esta entrada. Porque es cierto que la Erasmus te cambia. Y quizás dentro de unos meses vuelva a su lugar de origen un Fran algo distinto, o con una perspectiva algo diferente ante ciertas cosas, y que lleve bajo el pecho grandes recuerdos que convivan con él durante décadas. Pero la persona que vuelva no podría existir sin la persona que se fue. Porque yo creo que somos producto de, al menos mayoritariamente, el entorno que nos rodea. Y si, aún a riesgo de pecar de soberbia, creo que el chico que se fue y que aterrizó en Bruselas un 4 de septiembre era una gran persona, también creo que lo era porque siempre se intentó rodear de la mejor compañía, de grandes personas que le hicieron ser otra gran persona. Así que es de justicia dedicarles un reconocimiento, y dejarles por escrito lo que tuve oportunidad de decirle a uno de ellos hace no mucho... que por muy lejos que nos lleve la vida siempre tendrán un hueco en mi mente y en
mi corazón.