Como buena acoplada a cualquier grupo, ha optado por imitar way of act de sus compañeras, eso sí,
ensalzando con relleno y push-up unas
virtudes que no son para tanto. Porque no les voy a engañar: Bruselas tiene lugares con encanto (y llegarán a mis lectores, aunque no será
hoy). Pero carece de un encanto propio y omnipresente que impregne la ciudad.
Es cierto, puede mi nuevo hogar mire ahora a París con aire
de superioridad. Al fin y al cabo ahora la gente la mira atenta, la llama para
hacer planes, la invita a las fiestas del fin de semana y su Smartphone está
siempre vibrando con nuevos mensajes. Pero da igual, y ella lo sabe. Ella no es la guapa del grupo. Nadie
aquí gritará nunca, jamás, algo como “¡Oh
Dios! ¡Una panadería cualquiera en una calle cualquiera! C’est fantastique!”
Si algo nos han enseñado Disney Chanel y sus series sobre
adolescentes inadaptadas es que la mejor forma de entrar en un grupo que se
autodefina (o bien lo definan desde fuera y no le importe) como “X”, es ser la
más “X” de todas. Esto extrapolado a la ecuación de las metrópolis europeas se
traduce como X = CARO. Y aquí
Bruselas ha hecho muy pero que muy bien sus deberes.
Sólo una capital de este continente puede tener la
cara suficientemente dura como para ofrecerte una mísera habitación en las
afueras, del tamaño “Barbie presidiaria”,
con una ventana con vistas al pasillo
de una casa compartida con otras nueve personas y pedirte a cambio 400 euros, eso sí, gastos incluidos.
Ah, y por cierto vendiéndotela como si fuera una ganga de la hostia. Aunque lo
peor, claro está, es que quizás hasta lo sea realmente. (1)
Y pese a que sin duda el alojamiento se lleva la palma, no es lo
único caro en esta ciudad. Cafés a 3 euros, cañas a 4, el transporte público
sin abono 2.5€ el sencillo, olvídate de museos gratis por ser estudiante, sal a
cenar sin mirar bien dónde y prepara 20 euros por persona. Y por cierto, opta
por McDonals y desembolsa 0.60 céntimos por cada unidad de kétchup que te
apetezca pedir (¡¡¡CIEN PESETAS POR EL
KÉTCHUP!!!). Y es que aquí después de los Starbucks sin wifi aterrizaron
los McDonals donde el kétchup es artículo de lujo, dejando claro que el American Dream no tiene cabida aquí, en
la ciudad que ha hecho del europeísmo un modo de entrar a un club al cual no
pertenecería de no ser por cuatro edificios desde los cuáles se controlan las
migas sobre las que que frau Merkel
no tiene tiempo o interés de decidir.
¿Y por qué, se preguntarán ustedes, no huye uno despavorido
hacia la “bella” (otra que tal…) Alicante? Pues porque, como ya he dicho
antes, Bruselas tiene rincones, zonas, barrios enteros incluso, con encanto. Como éste desde el cuál
les escribo, una cafetería del centro, donde sí, el café vale 3 euros, pero al
menos tiene nata y caramelo por encima. Y las mesas y sillas son viejas, pero a
la vez poseen, como de vez en cuando la ciudad que las acoge, ése aura cálida que sólo las
cosas viejas y carcomidas pueden emanar, si se hace un esfuerzo por
apreciarlas.
(1) Afortunadamente la habitación antes descrita no es la
mía, que tendrá entrada propia, y ya digo que seguramente se titule “Silent
Hill”. No digo más.

Me encanta :D
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