-¿Y por qué elegiste tú Bruselas como destino Erasmus?
-Eso mismo me pregunto yo.


sábado, 15 de septiembre de 2012

2. La Ruina es Ketchup.

--> Debe ser por aquello de llamarse capital europea y mirar a Madrid, Roma o París con injustificado desdén (a Berlín evidentemente ya no se atreve, no vaya a ser que frau Merkel se cabree), pero lo cierto es que Bruselas se quiere hacer hueco a codazos en un selecto club de capitales mundiales.
Como buena acoplada a cualquier grupo, ha optado por imitar way of act de sus compañeras, eso sí, ensalzando con relleno y push-up unas virtudes que no son para tanto. Porque no les voy a engañar: Bruselas tiene lugares con encanto (y llegarán a mis lectores, aunque no será hoy). Pero carece de un encanto propio y omnipresente que impregne la ciudad.
Es cierto, puede mi nuevo hogar mire ahora a París con aire de superioridad. Al fin y al cabo ahora la gente la mira atenta, la llama para hacer planes, la invita a las fiestas del fin de semana y su Smartphone está siempre vibrando con nuevos mensajes. Pero da igual, y ella lo sabe. Ella no es la guapa del grupo. Nadie aquí gritará nunca, jamás, algo como “¡Oh Dios! ¡Una panadería cualquiera en una calle cualquiera! C’est fantastique!”
Si algo nos han enseñado Disney Chanel y sus series sobre adolescentes inadaptadas es que la mejor forma de entrar en un grupo que se autodefina (o bien lo definan desde fuera y no le importe) como “X”, es ser la más “X” de todas. Esto extrapolado a la ecuación de las metrópolis europeas se traduce como X = CARO. Y aquí Bruselas ha hecho muy pero que muy bien sus deberes.
Sólo una capital de este continente puede tener la cara suficientemente dura como para ofrecerte una mísera habitación en las afueras, del tamaño “Barbie presidiaria”, con una ventana con vistas al pasillo de una casa compartida con otras nueve personas y pedirte a cambio 400 euros, eso sí, gastos incluidos. Ah, y por cierto vendiéndotela como si fuera una ganga de la hostia. Aunque lo peor, claro está, es que quizás hasta lo sea realmente. (1)
Y pese a que sin duda el alojamiento se lleva la palma, no es lo único caro en esta ciudad. Cafés a 3 euros, cañas a 4, el transporte público sin abono 2.5€ el sencillo, olvídate de museos gratis por ser estudiante, sal a cenar sin mirar bien dónde y prepara 20 euros por persona. Y por cierto, opta por McDonals y desembolsa 0.60 céntimos por cada unidad de kétchup que te apetezca pedir (¡¡¡CIEN PESETAS POR EL KÉTCHUP!!!). Y es que aquí después de los Starbucks sin wifi aterrizaron los McDonals donde el kétchup es artículo de lujo, dejando claro que el American Dream no tiene cabida aquí, en la ciudad que ha hecho del europeísmo un modo de entrar a un club al cual no pertenecería de no ser por cuatro edificios desde los cuáles se controlan las migas sobre las que que frau Merkel no tiene tiempo o interés de decidir.
¿Y por qué, se preguntarán ustedes, no huye uno despavorido hacia la “bella” (otra que tal…) Alicante? Pues porque, como ya he dicho antes, Bruselas tiene rincones, zonas, barrios enteros incluso, con encanto. Como éste desde el cuál les escribo, una cafetería del centro, donde sí, el café vale 3 euros, pero al menos tiene nata y caramelo por encima. Y las mesas y sillas son viejas, pero a la vez poseen, como de vez en cuando la ciudad que las acoge, ése aura cálida que sólo las cosas viejas y carcomidas pueden emanar, si se hace un esfuerzo por apreciarlas.



 
(1) Afortunadamente la habitación antes descrita no es la mía, que tendrá entrada propia, y ya digo que seguramente se titule “Silent Hill”. No digo más.

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