Disculpen el retraso. Pero me hice una
promesa a mi mismo. Es que soy agnóstico,
¿saben?, y no creo en muchas cosas. Sí, creo en algo, como dice mucha gente...
pero si ellos saben qué narices significa eso dichosos sean. Así que cuando
alguna vez me da por prometerme algo intento cumplirlo. Tengo miedo a que, si
no lo hago, pueda dejar de creer en mi, y sólo me quede el “algo” intangible en lo que creer. El
caso es que me dije que sólo volvería a actualizar cuando viviera algo que me
hubiera encantado de Bruselas. Y aun queriendo dejar de lado espiritualismos,
es innegable que vino del cielo.
(No me nieguen que tiene su toque romántico)
Puede que al final lo único que tenía
que hacer con esta ciudad fuera unirla con algo tan natural como la lluvia.
Puede que fuera lo que necesitaban los adoquines para cobrar fuerza, para
gritarle al mundo que están ahí, que también se les puede mirar y no únicamente
pisar. Ya sea caminando debajo de las incesantes gotas (técnicamente y a ser posible con un paraguas entre la las mismas y tú);
disfrutando con amigos en alguno de los bares del centro, guarecidos del frío y
desgañitándoos entre la música siempre alta; o bien desde la ventana de tu casa
con un buen café… Puede resultar mágico.
Porque quizás Bruselas sea como aquel café soluble que nadie tomaría sin
haberlo mezclado antes con una gran cantidad de agua, y afortunadamente aquí,
desde ahora, de eso no va a faltar.

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